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lunes, 6 de abril de 2020

Resignificar la ausencia…en épocas del coronavirus.


Resignificar la ausencia…en épocas del coronavirus.



¿Qué es para vos la ausencia?
¿Una carencia?
¿El abandono de la presencia de algo o alguien?
¿La falta de existencia de algo o alguien?

Nadie está preparado hasta que la ausencia llega.
La situación de ausencia es un terreno misterioso y poco explorado, nos asalta inesperadamente y en muchos casos, solo conocemos sus síntomas y consecuencias.

Desde la desaparición de un objeto, la pérdida de un espacio social o laboral, un ser querido por distanciamiento o muerte, la ausencia produce un profundo quiebre en nuestras vidas. 

También la pérdida del ritmo diario de vida genera ausencia.
La ausencia de las rutinas cotidianas.
El transitar libremente e interrelacionarnos con quienes deseemos. Concurrir a los espacios de trabajo, de esparcimiento.

De pronto cada acto debe ser premeditadamente planificado.
El barbijo, los guantes, el alcohol en gel.
Perdemos la espontaneidad conocida, y en muchos casos en automático.
Ahora necesitamos observar más atentamente nuestros movimientos.

Todo se modifica y las convivencias se reacomodan.
Perdemos el individualismo en pos de medidas que engloban una actitud social y comunitaria.
Este nuevo orden produce tensión, estresa y como toda situación conflictiva, nos desestabiliza. 

Como seres racionales podemos recomponer las piezas en este nuevo rompecabezas desde lo intelectual.
Nuestra mente logra juntar los pedazos.
Aparecen frases y palmaditas sobre nuestros hombros.
Mensajes de texto, video llamadas, encuentros virtuales.

Aun así, en nuestro interior, algo puede quebrarse y quedar atascado.
Se alteran nuestras emociones y el modo en que vemos y disfrutamos la vida.

El efecto de la ausencia se hace presente.
En ese momento comienza el proceso del duelo, sin tiempos. 

El universo emocional de cada persona es único e irrepetible.
Cada persona transitará diferentes reacciones.
Interiormente, cada uno descubre a su ritmo cuando se cierra un ciclo en su vida, para dar lugar al comienzo de otro nuevo.

Elizabeth Kübler Ross, psiquiatra, planteó la teoría de “las cinco etapas del duelo” orientado a las personas que están en estado terminal.
La Negación; la Ira, rabia, resentimiento; el Pacto, la negociación con el dolor y culpa; la Depresión; y la Aceptación, la Resiliencia.
Estas etapas nos posibilitan, por sobre todo, poder identificar y poner palabras a algunas de las infinitas emociones que pudieran atravesarnos ante una situación de perdida.

Estas etapas carecen de un tiempo de duración y orden preciso.
Por ello, los siguientes parrafos proponen posibles situaciones que pudieran surgir.


Aceptar y permitirse estar en duelo.

Nuestra primera reacción es de desconcierto ante lo que ocurre.
También la negación.
“¡esto no puede ser!”, “me están engañando”…

La confusión, negar la realidad es tan solo un mecanismo de defensa. Necesitamos poner un muro, aislarnos, evitar el sufrimiento.
Podemos distraernos de sentir dolor, negarlo. Luego reaparecerá.

Un comienzo es permitirse estar mal.
Reconocer sentirse vulnerable, de necesitar estar contenido.
Aceptar que todos nuestros valores, intereses, ocupaciones y amistades se verán alterados.

Las costumbre pueden cambiar, desdibujarse, todo esto será pasajero.
Para transitar este momento necesitamos enfocarnos en estar presente en el ahora.
Suspender todo pensamiento de lo que hubiese sido o de lo que podría ser.
Solo existe lo que siento ahora y el momento en el que me encuentro. Instante a instante.


Aceptar y permitirse el dolor.

Si sentir dolor es algo insoportable, aceptarlo, permitirlo y expresarlo puede ser mucho peor.
Un nuevo momento en estas etapas es abrir nuestro corazón al dolor, encontrar palabras para corporizarlo.

Seguir caminando como si nada ocurriese, negando la realidad, acorazados de todos y todo, solo nos convierte en un volcán al borde de la erupción.

De a poco, necesitamos lograr expresar el miedo, el enojo, la tristeza, descubrir con que palabras podemos nombrar nuestras emociones.  
Así evitaremos que permanezcan alojadas en nuestro cuerpo con la posibilidad de provocar disfunciones.



Aceptar y permitirse el tiempo necesario para sanar.

Cuando sufrimos un accidente, luego de aceptar lo ocurrido y su dolor, lo que resta es transitar el camino de sanar.

Un camino de tiempos muy personales.
Los tiempos que necesite cada uno. El resto son estadísticas.
Desde uno a tres años, pero hasta siete años también…

Cada ser necesita transitar la perdida a su manera y de un modo sentido.
Lograr encontrar un lugar para todos esos sentimientos que, lo que o a quien se haya perdido, nunca va a escuchar. 

Este tiempo de sanación también traerá recaídas.
Circunstancias como aniversarios o fiestas que provocaran recuerdos, evocando una vez más la ausencia.


Aceptarse con paciencia.

Permanentemente sembramos paciencia ante las circunstancias de los demás.
Para con nosotros mismos, somos jueces rigurosos y poco contemplativos.

Las emociones así como llegan, nos movilizan y sacuden, también se van.
Retenerlas, como queriendo retener lo perdido, solo terminan lastimando y poniendo en evidencia el vacío de lo perdido, la ausencia.
Además, nos consume mucha energía.
Abrazarnos con paciencia, contemplarnos con la mirada de un niño, con ingenuidad, con inocencia, nos habilita a poder acompañarnos interiormente. 

Actuemos con gentileza, con actitud amorosa hacia nosotros. Recordemos que no somos el enemigo.


Aceptar que una parte de uno quiere morirse.

¿Qué sentido tiene estar sin su presencia?
Es natural ante la ausencia de un ser, surja el deseo de querer partir también.
Ante la pérdida de algo, perder el significado de vivir.
Es tan solo un sentir, una necesidad de querer conservar el contacto con lo que se ha perdido de cualquier modo. 

Los intensos sentimientos de tristeza, culpa, rabia, abatimiento o confusión son solo eso.
Sentimientos que tan solo son una parte de todas las partes que como seres nos conforman.
Observemos todas las maravillosas posibilidades con las que contamos, más allá de la oscuridad que tenga el túnel que se nos presenta por delante.


Permitirse evitar las decisiones trascendentes.

Cambiar equivocadamente un producto es fácilmente reparable.
Decidir apresuradamente, abalanzarse a nuevos proyectos, provocar la ruptura o inicios de relaciones, puede teñirse de emociones o frustraciones.
La ausencia de la distancia y objetividad necesaria para observar realmente lo que necesitamos puede provocar importantes desaciertos.


Aceptar y permitirse el descanso, la diversión, el disfrutar y la sana alimentación.

La ausencia, el abandono, despierta más desamparo.
Sentir la pérdida de aquello que nos nutre en cualquier plano, acrecienta la sensación de carecer de derecho a nutrirnos.

Conservar los horarios de sueño, la preparación de los alimentos saludables evitando excesos, la organización de momentos de esparcimiento solo o en compañía. Todo aquello que nos nutre y contiene afectivamente.
Y ante todo, descubrir y organizar el ritmo interno necesario en cada situación.


Aceptar la necesidad de contención y apoyo en otros.

Ante la sensación de minimizar una perdida y la creencia de pretender arreglarnos solito, debemos agudizar el cuidado.

Tan solo uno puede encontrar las respuestas a su propio dolor.
La presencia de otro puede facilitar las palabras que proyecten el camino.
Negar el acompañamiento es negar la posibilidad de reparar el dolor de la ausencia.

La ayuda llega cuando uno está abierto a recibirla y la pide.
Aceptar también la posibilidad de recurrir a la ayuda profesional, sea la elección y necesidad que prevalezca.


Permitirse confiar en uno mismo, escucharse.

Los pensamientos diariamente nos aturden, nos dirigen y hasta nos confunden…
Escucharnos, reconocer nuestra voz interior, es abrazar nuestra guía. Esa la voz que mas nos conoce, la que siempre nos ha acompañado en toda clase de circunstancias…y, un duelo, es una circunstancia mas en el proceso de la vida.

Resignificar la ausencia es encontrar el sentido del aprendizaje, el para que necesito transitar esta experiencia en mi vida…
Permeabilizarnos ante la ausencia para descubrir que nueva semilla puede florecer.
Es descubrir toda la fuerza interior que contenemos, por mérito propio y, la recibida en herencia de las generaciones anteriores.
Es reconocer al niño que le dejó paso al adolescente que se transformó en adulto y, todos ellos juntos, conviven dentro nuestro.

A partir de allí, se puede encontrar un nuevo significado en cada aspecto y plano de nuestra existencia.
La magia esta en encontrar la plenitud al aceptar cada momento, estando presente.

Lo que la oruga interpreta como el fin del mundo es lo que el maestro denomina mariposa. (Richard Bach)

Ernesto Reich,
Reflexólogo Holístico. Abril/2020.



La psiquiatra Elizabeth Kübler Ross (suiza-estadounidense/1926-2004) experta mundialmente en cuidados paliativos y en atención de personas en situación de pérdidas, desarrolló una teoría que llamó: Las 5 etapas del Duelo.


jueves, 7 de marzo de 2019

Para convivir con las emociones, reflexiona y actúa desde la calma


 ¿Cómo te llevas con las emociones? (quinta y ultima entrega)
* ¿Posees capacidad para detectar tus emociones?
* ¿Logras ponerle nombre a tus emociones?
* ¿Puedes expresar tu emoción… sin expresarla desde la emoción?
* ¿Qué emociones hay detrás de las reacciones de los demás? 

* Para convivir con las emociones, reflexiona y actúa desde la calma.

 
Uno de los mayores desafíos que existe es la convivencia, sobre todo con uno mismo…

Aquí comienza el verdadero camino, la acción. El desafío de llevar a la práctica el entrenamiento.

Este es el punto de quiebre donde las personas pierden las esperanzas, se frustran y abandonan.

El idealismo nos hace creer que existen personas perfectas que han superado el enojo, la angustia o el miedo.

Que sus emociones se diluyeron como por arte de magia.

Pues hay una verdad que nadie quiere revelar y es, la magia es solo eso.
La magia es brillantina de colores y paisajes incandescentes.

Las emociones son otra cosa.
Nos dan vida, nos acompañan, nos alertan, nos conectan y nos destruyen.
Todo eso junto y más.

A esto se debe la necesidad de reconocer nuestras emociones.

Identificarlas y nombrarlas.
Aprender a expresarlas sin vomitar toda la carga energética que esta contiene y, descubrir que le ocurre a los demás con sus emociones.

Todo para comenzar el mayor de los desafíos: convivir.

Convivir con nosotros mismos desde la calma, el respeto y calidez con la que nos gustaría ser tratados.

Las emociones son tan solo una parte de todo lo que somos como seres.

Convivir con nuestras emociones, y las de los demás, lleva un verdadero entrenamiento lleno de recursos.

Aprender a respirar de un modo diferente, a caminar para descargar la energía que nos sacude el cuerpo, saber pedir un espacio de tiempo-distancia para evitar mezclar las situaciones.

Reconocer el automatismo con el cual reaccionamos permanentemente.

Distinguir la diferencia de emociones provocadas por nuestros pensamientos o recuerdos de las que surgen por lo que nos ocurre en el momento presente.

Desarrollar la observación y comprensión de nuestro entorno sin juzgamientos, desde la empatía.

Descubrir que, a nuestro modo, la calma es nuestra mejor actitud, el más sabio consejero y, una fiel compañía.

Recordemos que siempre existe la opción de aceptar el error, pedir disculpas y, volver a comenzar.

¿Te fue útil la nota…?
Muchas gracias por leerme.

Ernesto Reich, Reflexólogo Holístico/Instructor.

sábado, 23 de febrero de 2019

Observa como es la reacción y descubrirás que emociones hay detrás…


(Los resortes emocionales que nos obligan a reaccionar….)

La función de las emociones es el medio para adaptarnos al ambiente que nos rodea. Es un estado que sobreviene súbita y bruscamente.

En algunos casos en forma de crisis más o menos violentas y, según el carácter de la persona, más o menos pasajeras.

Cuando algo nos provoca incertidumbre o inseguridad, por detrás comienza a crecer el Miedo. Se despierta la necesidad de protección.

Al encontrarnos ante una situación imprevista, muy diferente a lo acostumbrado, nos desconcertamos o sobresaltamos. La Sorpresa se presenta para ayudarnos en como orientarnos ante lo nuevo.  

Como seres humanos, experimentar emociones implica un conjunto de informaciones conscientes y subconscientes que dan marco a como percibimos y valoramos el mundo con el que interactuamos.

Dentro del conjunto de informaciones, podemos comenzar por nuestra sensibilidad de carácter, el entorno donde nos criamos, la educación recibida, las creencias y actitudes, nuestro compromiso ante la vida.

Al observar atentamente, tomando distancia, tanto de las reacciones propias como las reacciones de los otros, podremos descubrir y comprender que emociones han provocado reaccionar de tal modo.

Lo primero que ocurre cuando nos sentimos avasallados en ponernos a la defensiva. Al comprender cuales emociones están por detrás de las reacciones podemos descubrir si son una respuesta emocional sin control  a diferencia de una ofensa personal.

Recordemos que siempre existe la opción de la pregunta.

¿Esta reacción que estas expresando es contra mí?...
¿Necesitas agredirme por algo en particular?

¿Te fue útil la nota…?

Muchas gracias por leerme.

Ernesto Reich, Reflexólogo Holístico/Instructor.

lunes, 18 de febrero de 2019

¿Puedes expresar tu emoción… sin que te domine?


* ¿Puedes expresar tu emoción… sin expresarla desde la emoción?  (Desde la angustia, el enojo, desde el miedo)

Cuando la emoción gana espacio dentro nuestro perdemos el control. Todo nuestro ser, nuestro cuerpo se siente como poseído. Hasta llegamos a expresar palabras ajenas a las que habitualmente utilizamos. Incluso, actuar físicamente, agrediendo.

Al expresarnos desde la emoción es la energía de la emoción la que domina la situación. Es la bronca, la envidia, el miedo, la tristeza entre otras las que hablan por nosotros. En consecuencia, nuestro comportamiento, el dialogo que adoptamos se contamina de juicios, criticas o reproches.

Necesitamos que por sobre todo se comprenda lo que ocurre en nuestro interior, toda esa avalancha que invade cada célula del cuerpo sea comprendida. Que algo o alguien contenga aquello que nos expone al límite del desborde.

Perdemos la perspectiva de la situación, hablamos y actuamos inconscientemente otorgándole todo el control a las emociones.

¿Qué alternativas tenemos para modificar esto?

Si logramos detectar las emociones e identificar su nombre, la opción que nos queda es utilizar la descripción de lo que sentimos.
Esto nos permite tomar distancia y atenuar la ebullición interna.

Por ejemplo, “Comprendes que tu actitud de haberte comprometido con una tarea y haberte olvidado me enoja muchísimo…”
Otro, “me siento muy triste y defraudado por la actitud con la que me tratas, el tono de voz con el que me hablas…”

Si logramos salir del lugar de estar a la defensiva para exponer claramente cuál es nuestra visión de la situación, otorgamos a la otra persona que también pueda expresar su parecer.
“a mí me pasa esto….”, “este es el modo en que entiendo esta situación y me provoca esta emoción….”

Como todo cambio de actitud, implica un permanente ejercicio. Lograr percibir lo que sentimos, como se llama y cuál es el mejor modo, para lograr comunicarlo si generar una agresión.


Ernesto Reich, Reflexólogo Holístico/Instructor

jueves, 31 de enero de 2019

Melancolía, aquello que ya fue.





todos los cambios están más o menos teñidos con la melancolía porque lo que dejamos atrás es parte de nosotros mismos”.  Amelia Barr.

Evocar recuerdos trae al presente las emociones que se vivieron en situaciones pasadas. Desde buenos momentos hasta tristezas o miedos.

Volvemos a vivir en nuestro cuerpo idénticas sensaciones sentidas en aquel pasado. Cuantas más veces repitamos el recuerdo, más química se producirá dentro de nosotros. Cada recuerdo agradable será acompañado de una sensación química que nos estimula, llena de energía, crea en nuestra percepción una visión maravillosa de la vida.

Existen, en nuestros cuerpos, cuatro químicos naturales que suelen ser llamados como el “cuarteto de la felicidad”, ellos son: endorfina, serotonina, dopamina y oxitocina.

La melancolía nos trae a la memoria que, algo que en algún momento existió y ahora está ausente. Que ya es imposible recuperar.
Como sentimiento, la melancolía, es ambivalente. Disfrutamos del recuerdo y sufrimos por la perdida.

Antiguamente era considera un verdadero trastorno, una enfermedad.
En Grecia, Hipócrates se refirió al exceso de  bilis negra como la causa de la melancolía, la tristeza, el abatimiento, la depresión y la apatía. Esta idea se mantuvo hasta el Renacimiento.

El planteo de Hipócrates sostenía que el cuerpo está compuesto por cuatro sustancias básicas, denominadas “humores”. De acuerdo a los equilibrios y desequilibrios en las cantidades de estas sustancias determinaban la salud del organismo.
Estos “humores” correspondían a los elementos aire, fuego, tierra y agua. En el caso de la Bilis negra, se la  vinculada al elemento tierra, cuyas propiedades eran el frío y la sequedad.

Independientemente de las características del temperamento, todos podemos experimentar melancolía.
Sentir desanimo, tristeza, decepción, abatimiento o transitar un período de nostalgia es algo natural, dentro de los parámetros saludables sin considerarse algo patológico. Es imprescindible actuar cuando este estado perdura en el tiempo y se obstaculiza poder encontrar otra dirección.

Al direccionar nuestros pensamientos permanentemente al pasado, buscando y removiendo historias, recuerdos o personas, el presente al cual pertenecemos comienza a perder sentido.
La realidad presente se convierte en un padecimiento insatisfactorio y siempre hay algo que falta.

Por detrás de la melancolía subyace la carencia. Miramos al pasado como un viaje en el tiempo, deseando aferrarnos a lo inexistente ya que su recuerdo nos gratifica, nos endulza por un momento.

Luego, surge la frustración de regresar a nuestra vida cotidiana ya que, sin una actitud positiva y de valoración, se pierde la perspectiva de aceptar la importancia de nuestra activa participación en el el día a día como un proceso crecimiento personal.
Se consolida la creencia de que “todo tiempo pasado fue mejor”.

¿Podemos situar la melancolía como algo detestable, depresivo y asociarlo a sentimientos negativos exclusivamente?

El primer viaje a la Luna se realizó dentro de la mente de quien imaginó algo así, a partir de sus recuerdos y experiencias.

Por lo tanto, la melancolía tiene sus aspectos positivos en nuestra vida cotidiana. Todo va a depender de cuan observadores somos de nuestros pensamientos y con qué fin recurrimos a ella.

El ejercicio que utiliza la persona melancólica en evocar el pasado la convierte en detallista ya que disfruta de todo aquello que complemente sus recuerdos.
Esto también estimula la memoria, almacenando gran cantidad de información que clasifica y ordena meticulosamente.

También estimula la creatividad, ya que quien disfruta de la añoranza, decora lo ocurrido “cada vez más lindo”. Si aprendemos a orientar nuestros aspectos creativos podemos transportarlos al futuro. Recrear nuestros recuerdos hacia nuevos proyectos y metas, habilitando nuevos estímulos.

El saber encontrar en el pasado el placer de revivir una situación acrecienta una cierta exigencia en estrategias de como procesar la información más adecuada.
Tanto la cronología de los hechos ocurridos como la verosimilitud de los mismos son importantes. 

Todo esto también facilita poder enfrentar los propios miedos ya que se cuenta con una gran cantidad de información para comparar entre lo que se siente como hostil y lo que realmente percibimos.

Lejos de ser un sentimiento negativo, la melancolía puede alentarnos en el presente, si reconocemos que nuestro lugar-tiempo es aquí y ahora.
Cuando nos anclamos en un pasado imaginario que sabemos nunca llegará, le abrimos las puertas a la insatisfacción y la depresión.

La persona con temperamento melancólico suele poseer una sensibilidad emocional extrema ante la realidad cotidiana, pudiendo refugiarse en la introversión, analizando y desmenuzando cada detalle.

La atención con la que evocan sus recuerdos también les convierte en personas que requieren de una profunda concentración cuando realizan cualquier tarea, volviéndose muy perfeccionistas. Esto también les vuelve vulnerables padeciendo cambios emocionales bruscos.

Cuando te sientes agobiado por la melancolía, lo mejor es salir y hacer algo amable por alguien (Keble)

Por lo tanto, y tomando la frase anterior, la acción nos salva de alimentar la frustración en el presente para justificar recluirnos en el pasado.
El estado de conflicto, de fricción, está dentro de nosotros. Sentir emociones es algo inherente al ser humano, ser ellas quienes nos gobiernen es algo diferente.

Reconocer las propias virtudes, auto valorarnos, aceptar el reconocimiento de otros, son herramientas aptas para realizar cambios personales. Para convertir en aliadas a aquellas emociones y sentimientos que obstaculizan el desempeño de nuestra vida. La felicidad es un estado que se elige y se construye.

Ernesto Reich, Reflexólogo Holístico/Instructor.
Director de la Escuela Holística Argentina de Terapia Reflexo Facial.

jueves, 10 de enero de 2019

Contracturas, esa rigidez que nos aísla.


Si hablamos de Contracturas 
Algo se derrumba de mi estructura y me resisto a soltarlo.
Ejerzo control. 
El control me rigidiza, no acepto la realidad, y la resistencia me endurece. 
El cuerpo duele, todo se tensa, la resistencia me deja duro, inmóvil, no puedo avanzar. 
Me estanco. 
Contracturas: 

                    La emoción se retiene y el agua en déficit genera rigidez física, 
el agua que todo lo lubrica se seca por exceso de pensamiento y falta de sentimiento. 
Hay necesidad de flexibilizarse.
El agua siempre nutre la tierra, cuando la Tierra se vuelve dura, es tiempo de endulzarla. 
Necesitamos aflojar al Controlador Interno. 
Aflojar la mirada, la mandíbula, la espalda, las tensiones. 
Estar tensos genera hormonas de estrés que desgastan y cansan. 
Estar rígidos nos agota. 
Aflojar los nudos, ir más blandos por la vida. 
Deleguemos, soltemos, pidamos, confiemos.


viernes, 21 de diciembre de 2018

…un cuento de Navidad.




¿Sabes qué es un Buen Regalo?

De chico esperaba la Nochebuena y, con la última campanada, se daba inicio al reparto de regalos.

Para ese momento ya tenía identificado cuales paquetes tenían mi nombre y sus tamaños presagiaban los posibles presentes.

Los más aplastados siempre eran pares de medias, los regalos medios abollados eran alguna camiseta, pero aquéllos con forma de caja eran los más intrigantes. Dentro de esos envases todo podía suceder.

Desde un nuevo autito de colección, el cual debería esconder de las manos de mi hermano menor o, una lapicera a tinta, que insalvablemente caería en la custodia de mis padres para ser usada solo por ellos y que nunca conocería mis ilegibles y despatarrados trazos de escritura.

Pero los verdaderos regalos aunque no tuviesen envoltorios llamativos ni moños de colores, y esto lo descubrí muchos años después, eran los abrazos de las abuelas y tías.

Esos abrazos donde uno quedaba apretujado como entre dos colchones, con las mejillas manchadas de lápiz labial y rubor mezclados con fragancias de agua colonia perenne. Como una mágica poción creada en exclusividad para esa persona y de por vida.

Andando por la calle, suelo percibir perfumes que me evocan sus recuerdos hasta sentir en la piel la fuerte presencia de ellas.

Dejando de lado los maquillajes y apretujones, el verdadero regalo consistía en que me ofrecían su tiempo, sus silencios, sus miradas, sus preguntas sutiles. Y, por sobre todo, sus cariñosas y cómplices sonrisas.

Estos regalos eran imposibles de colocarse al pie del árbol de Navidad y aun así estaban incondicionalmente.

Las medias se llenaban de agujeros o se perdían, las camisetas a veces achicaban al primer lavado, los autitos de colección terminaban entre los juguetes de mi hermano canjeados por algún favor y, las

lapiceras, de eso ya sabemos…

Pero ese tiempo de comprensión, el espacio de conexión y afecto, esa presencia que acompaña y cobija al mismo tiempo, todo ello y más aún, es parte de mí.

Son esos regalos que, como una camisa nueva, uno luce todos los días con orgullo.

Recordar sus miradas en las cuales uno se sentía reconocido, amado; instantes en donde la empatía brillaba en el aire.

Todo regalo contiene una intención.

Algunos retribuyen, reconfortan, otros halagan o compensan, comprometen o desvinculan.

Hay presentes que al poco tiempo pierden importancia y caen en el olvido. Algo así como “pan para hoy y hambre para mañana”.

Los buenos regalos, los que te ayudan a erguirte como persona, a valorar y valorarte, a ser agradecido sin formalidades, a construir la fe con acciones, a ser fiel a tus creencias, esos regalos se atesoran de por vida.

¿Ya se te ocurrió que buen regalo podes hacer?

¡Muy felices fiestas…!!!, es mi deseo y mi regalo.

Ernesto Reich.