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jueves, 31 de enero de 2019

Melancolía, aquello que ya fue.





todos los cambios están más o menos teñidos con la melancolía porque lo que dejamos atrás es parte de nosotros mismos”.  Amelia Barr.

Evocar recuerdos trae al presente las emociones que se vivieron en situaciones pasadas. Desde buenos momentos hasta tristezas o miedos.

Volvemos a vivir en nuestro cuerpo idénticas sensaciones sentidas en aquel pasado. Cuantas más veces repitamos el recuerdo, más química se producirá dentro de nosotros. Cada recuerdo agradable será acompañado de una sensación química que nos estimula, llena de energía, crea en nuestra percepción una visión maravillosa de la vida.

Existen, en nuestros cuerpos, cuatro químicos naturales que suelen ser llamados como el “cuarteto de la felicidad”, ellos son: endorfina, serotonina, dopamina y oxitocina.

La melancolía nos trae a la memoria que, algo que en algún momento existió y ahora está ausente. Que ya es imposible recuperar.
Como sentimiento, la melancolía, es ambivalente. Disfrutamos del recuerdo y sufrimos por la perdida.

Antiguamente era considera un verdadero trastorno, una enfermedad.
En Grecia, Hipócrates se refirió al exceso de  bilis negra como la causa de la melancolía, la tristeza, el abatimiento, la depresión y la apatía. Esta idea se mantuvo hasta el Renacimiento.

El planteo de Hipócrates sostenía que el cuerpo está compuesto por cuatro sustancias básicas, denominadas “humores”. De acuerdo a los equilibrios y desequilibrios en las cantidades de estas sustancias determinaban la salud del organismo.
Estos “humores” correspondían a los elementos aire, fuego, tierra y agua. En el caso de la Bilis negra, se la  vinculada al elemento tierra, cuyas propiedades eran el frío y la sequedad.

Independientemente de las características del temperamento, todos podemos experimentar melancolía.
Sentir desanimo, tristeza, decepción, abatimiento o transitar un período de nostalgia es algo natural, dentro de los parámetros saludables sin considerarse algo patológico. Es imprescindible actuar cuando este estado perdura en el tiempo y se obstaculiza poder encontrar otra dirección.

Al direccionar nuestros pensamientos permanentemente al pasado, buscando y removiendo historias, recuerdos o personas, el presente al cual pertenecemos comienza a perder sentido.
La realidad presente se convierte en un padecimiento insatisfactorio y siempre hay algo que falta.

Por detrás de la melancolía subyace la carencia. Miramos al pasado como un viaje en el tiempo, deseando aferrarnos a lo inexistente ya que su recuerdo nos gratifica, nos endulza por un momento.

Luego, surge la frustración de regresar a nuestra vida cotidiana ya que, sin una actitud positiva y de valoración, se pierde la perspectiva de aceptar la importancia de nuestra activa participación en el el día a día como un proceso crecimiento personal.
Se consolida la creencia de que “todo tiempo pasado fue mejor”.

¿Podemos situar la melancolía como algo detestable, depresivo y asociarlo a sentimientos negativos exclusivamente?

El primer viaje a la Luna se realizó dentro de la mente de quien imaginó algo así, a partir de sus recuerdos y experiencias.

Por lo tanto, la melancolía tiene sus aspectos positivos en nuestra vida cotidiana. Todo va a depender de cuan observadores somos de nuestros pensamientos y con qué fin recurrimos a ella.

El ejercicio que utiliza la persona melancólica en evocar el pasado la convierte en detallista ya que disfruta de todo aquello que complemente sus recuerdos.
Esto también estimula la memoria, almacenando gran cantidad de información que clasifica y ordena meticulosamente.

También estimula la creatividad, ya que quien disfruta de la añoranza, decora lo ocurrido “cada vez más lindo”. Si aprendemos a orientar nuestros aspectos creativos podemos transportarlos al futuro. Recrear nuestros recuerdos hacia nuevos proyectos y metas, habilitando nuevos estímulos.

El saber encontrar en el pasado el placer de revivir una situación acrecienta una cierta exigencia en estrategias de como procesar la información más adecuada.
Tanto la cronología de los hechos ocurridos como la verosimilitud de los mismos son importantes. 

Todo esto también facilita poder enfrentar los propios miedos ya que se cuenta con una gran cantidad de información para comparar entre lo que se siente como hostil y lo que realmente percibimos.

Lejos de ser un sentimiento negativo, la melancolía puede alentarnos en el presente, si reconocemos que nuestro lugar-tiempo es aquí y ahora.
Cuando nos anclamos en un pasado imaginario que sabemos nunca llegará, le abrimos las puertas a la insatisfacción y la depresión.

La persona con temperamento melancólico suele poseer una sensibilidad emocional extrema ante la realidad cotidiana, pudiendo refugiarse en la introversión, analizando y desmenuzando cada detalle.

La atención con la que evocan sus recuerdos también les convierte en personas que requieren de una profunda concentración cuando realizan cualquier tarea, volviéndose muy perfeccionistas. Esto también les vuelve vulnerables padeciendo cambios emocionales bruscos.

Cuando te sientes agobiado por la melancolía, lo mejor es salir y hacer algo amable por alguien (Keble)

Por lo tanto, y tomando la frase anterior, la acción nos salva de alimentar la frustración en el presente para justificar recluirnos en el pasado.
El estado de conflicto, de fricción, está dentro de nosotros. Sentir emociones es algo inherente al ser humano, ser ellas quienes nos gobiernen es algo diferente.

Reconocer las propias virtudes, auto valorarnos, aceptar el reconocimiento de otros, son herramientas aptas para realizar cambios personales. Para convertir en aliadas a aquellas emociones y sentimientos que obstaculizan el desempeño de nuestra vida. La felicidad es un estado que se elige y se construye.

Ernesto Reich, Reflexólogo Holístico/Instructor.
Director de la Escuela Holística Argentina de Terapia Reflexo Facial.

viernes, 21 de diciembre de 2018

…un cuento de Navidad.




¿Sabes qué es un Buen Regalo?

De chico esperaba la Nochebuena y, con la última campanada, se daba inicio al reparto de regalos.

Para ese momento ya tenía identificado cuales paquetes tenían mi nombre y sus tamaños presagiaban los posibles presentes.

Los más aplastados siempre eran pares de medias, los regalos medios abollados eran alguna camiseta, pero aquéllos con forma de caja eran los más intrigantes. Dentro de esos envases todo podía suceder.

Desde un nuevo autito de colección, el cual debería esconder de las manos de mi hermano menor o, una lapicera a tinta, que insalvablemente caería en la custodia de mis padres para ser usada solo por ellos y que nunca conocería mis ilegibles y despatarrados trazos de escritura.

Pero los verdaderos regalos aunque no tuviesen envoltorios llamativos ni moños de colores, y esto lo descubrí muchos años después, eran los abrazos de las abuelas y tías.

Esos abrazos donde uno quedaba apretujado como entre dos colchones, con las mejillas manchadas de lápiz labial y rubor mezclados con fragancias de agua colonia perenne. Como una mágica poción creada en exclusividad para esa persona y de por vida.

Andando por la calle, suelo percibir perfumes que me evocan sus recuerdos hasta sentir en la piel la fuerte presencia de ellas.

Dejando de lado los maquillajes y apretujones, el verdadero regalo consistía en que me ofrecían su tiempo, sus silencios, sus miradas, sus preguntas sutiles. Y, por sobre todo, sus cariñosas y cómplices sonrisas.

Estos regalos eran imposibles de colocarse al pie del árbol de Navidad y aun así estaban incondicionalmente.

Las medias se llenaban de agujeros o se perdían, las camisetas a veces achicaban al primer lavado, los autitos de colección terminaban entre los juguetes de mi hermano canjeados por algún favor y, las

lapiceras, de eso ya sabemos…

Pero ese tiempo de comprensión, el espacio de conexión y afecto, esa presencia que acompaña y cobija al mismo tiempo, todo ello y más aún, es parte de mí.

Son esos regalos que, como una camisa nueva, uno luce todos los días con orgullo.

Recordar sus miradas en las cuales uno se sentía reconocido, amado; instantes en donde la empatía brillaba en el aire.

Todo regalo contiene una intención.

Algunos retribuyen, reconfortan, otros halagan o compensan, comprometen o desvinculan.

Hay presentes que al poco tiempo pierden importancia y caen en el olvido. Algo así como “pan para hoy y hambre para mañana”.

Los buenos regalos, los que te ayudan a erguirte como persona, a valorar y valorarte, a ser agradecido sin formalidades, a construir la fe con acciones, a ser fiel a tus creencias, esos regalos se atesoran de por vida.

¿Ya se te ocurrió que buen regalo podes hacer?

¡Muy felices fiestas…!!!, es mi deseo y mi regalo.

Ernesto Reich.


jueves, 20 de diciembre de 2018

4° promoción de Posgrado anual en Terapia Reflexo Facial


Y llegamos al final de un ciclo,
4° promoción de egresadas del
Posgrado anual en Terapia Reflexo Facial
Liliana Accorinti 
felicitaciones Colegas !!!

*abierta la inscripción 2019*
toda la información la encontras en:
http://terapiareflexofacial.blogspot.com/p/formacion.html
Dictado por Ernesto Reich, Rfxl. Holístico/Instructor.
para entrevistas
+54 9 11 5803-1473 (wasp)
terapiareflexofacial@yahoo.com.ar
ernestoreich@gmail.com